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Se hace interesante realizar un rastreo de corte antropológico preeliminar para interrogarnos sobre las condiciones de emergencia que posibilitan las discontinuidades, las rupturas, los puntos de inflexión que ha logrado dislocar algo así como la historia humana y, con ello, la trayectoria histórica de los sistemas de pensamientos, para lograr entender en parte el cómo hemos llegado hasta “aquí, lo actual”. De tal forma, de apartarnos de la epistemología tradicional o episteme que más bien opera bajo una concepción “progresista”, una línea de tiempo sucesiva en la cual se van acumulando empiricidades y encadenamientos; acontecimientos tras acontecimientos e invasiones tras invenciones. Líneas de temporalidades que se han reproducido una y otra vez, que han dividido en tajadas el tiempo, grandes bloques de una línea continua; la Prehistoria, la Edad Media, el Renacimiento, la Modernidad, el Fin de la Historia, la Post Modernidad, en fin.
Dicha perspectiva pierde capacidad explicativa y fineza en el análisis puesto que relata una historia como si el conjunto de la humanidad experimentase una misma situación contingente, un mismo lugar físico y simbólico, una misma subjetividad. Así por ejemplo, el descubrimiento de América para unos, era una expedición naviera digna y honorable. Y, para otros, una sangrienta penetración colonial. La decisión de venir a las Américas fue evidentemente política, pero cuando encontraron gentes, se propusieron evangelizarlos y cuando no pudieron domesticarlos o cristianizarlos, los mataron, los penetraron literal y metafóricamente, sin compasión. Lo mismo aconteció con las Cruzadas, pero en un sentido inverso, puesto que tenían como propósito principal la reconquista religiosa, principalmente de los lugares santos de Oriente Próximo, pero en realidad se trató de una expedición expansionista en donde se llevaron a cabo batallas, saqueos y se cometieron masacres de miles de personas[1]. Por de pronto, se presiente una ligazón e imbricación entre estos tres conceptos: Política, Religión y Sexualidad. Un origen común, que se sitúa en los albores de los primeros asentamientos humanos, larga data para nuestro ser.
Se hace relevante precisar que los anthropos durante miles de años se movilizaban “como bestias”, arrancando de las mismas y cazándolas para poder alimentarse. Era un animal eminentemente corredor, felino, recolector y sobre todo cazador. El hombre no se concebía, ni de lejos como individuo, no era posible la sobrevivencia por si solo. Conformaba parte de un grupo humano más grande que lograba cohesionarse para lograr resistir y vivir, como si fuesen un solo cuerpo. Nada de lo que conocemos hoy en día era posible concebirlo en ese entonces. No existía el espacio público o privado, la separación entre hombres y mujeres, las palabras ni las cosas, la idea de propiedad, las nociones de necesidad, producción, trabajo o el valor de la igualdad. A lo más, un instinto de sobrevivencia, de seguir comiendo y reproduciéndose, junto a otros grupos humanos, de conseguir un refugio, todo era momentáneo, todo se tornaba frágil, nada era sagrado, nada era para siempre.
La sangre y los pueblos de sangre. Las tribus y clanes
Los pueblos en si mismos no surgen hasta que los humanos evolucionan (darwinismo) y producen una fisura, un corte, una dislocación que va a condicionar el devenir de la existencia. Esto se produce cuando hace varios milenios, el ser humano comienza a asentarse en tierras que le parecen más fértiles, tierras de promisión. Cuando se transforma de nómada a sedentario, se produce la experiencia más revolucionaria conocida hasta ahora. Así el hombre comienza a domesticar a los animales, a alimentarlos, para abastecerse y alimentarse. Comienza a cultivar la tierra, hacerla fértil. La primera ciudad, la madre de las ciudades, la más antigua que todavía perdura es la ciudad de Jericó en Palestina, situada muy cerca del Río Jordán, que desemboca en el actual “Mar Muerto”, el lugar más bajo de la tierra.
No es mera coincidencia que la instalación de los primeros asentamientos humanos, las primeras ciudades se desarrollaron en la zona levantina; en Siria, Palestina e Irak (Mesopotamia) y sus alrededores. Ahí donde existía un clima propicio, más bien templado, abundancia de ríos, palmeras y mares. Lo que equivale a decir unas condiciones materiales propicias de existencia. Surgiendo la ciudad, la polis y con ello la organización, aunque primitiva, surge la política que no es otra cosa que la herramienta por excelencia para resolver los conflictos que nos son comunes (lo público), una instancia de interacción y organización social, de reconocimiento del otro. Desde ese entonces que la política lidia con la economía y producto de esta última surge la espiritualidad, el más allá, lo esotérico, lo inmaterial, lo exotérico, la religión. Cuando los humanos se proponen cultivar la tierra, penetrarla e inseminarla para que de alimentos que ayuden a sobrevivir[2]. Comienzan una serie de ritos y peticiones divinas para que la tierra sea fértil y de “los frutos” que se esperan.
Se ha dicho que los humanos se asientan en unas ciudades, en unas escasas hectáreas, que lógicamente no se asemejan en nada a lo que conocemos hoy en día como ciudad, una gran urbe llena de cemento, contaminación y asfalto, se comienza a labrar la tierra, a domesticar animales y a interactuar socialmente, surgiendo así la política. A su vez, como una necesidad de los recientes hogares que constituían la economía, (oikonomos) surge la religión. La escasez material hace que se invoque al más allá, proceso que ha perdurado en el tiempo, pero con religiones que se han hecho nítidas, altamente complejas, estructuradas y jerarquizadas, que incluso han mutado como estados: El Vaticano. Durante cientos de años la Iglesia ha sido una fuente de fe y consuelo para los creyentes. Por ello, la Iglesia insiste en “que los últimos serán los primeros” o “los pobres y los que padecen se salvarán”.
El surgimiento de la sangre hace sus primeras apariciones, hace más de dos milenios. Por medio del sacrificio de animales, la sangre lentamente comienza a tornarse un elemento sagrado, de adoración y culto. El punto de inicio, disruptivo y neurálgico del cristianismo es la “sangre que derrama Jesucristo para salvarnos”[3]. Por ello, se conoce y reconoce como el salvador. El mensaje: quien derrame su sangre se hace sagrado, se convierte en mártir, se eterniza y se sacraliza, e incluso resucita entre los vivos.
Cuando surgen las ciudades, se origina esa rica interacción arqueológica que ha sido brevemente descrita. A lo que se suma la utilización de herramientas más sofisticadas; la escritura, la aparición de símbolos de la cultura sumeria, el alfabeto cananeo o los jeroglíficos egipcios. Comienza el lenguaje, la comunicación, el discurso (logos), que es constitutivo y consustancial de lo político, su condición de posibilidad. Al aparecer las ciudades y con ello las propiedades, los humanos comienzan a diferenciarse en castas, pueblos, civilizaciones, tribus, clanes, etcétera. En una multiplicidad de categorías, culturas y subculturas. Pueblos enteros en un futuro no lejano pertenecerían a otros pueblos, a una ideología, al señor feudal, a un profeta o a un imperio, gradualmente se comenzarían a ejecutar grandes movilizaciones humanas, ya no para arrancar de las bestias, sino para capturar a otros y someterlos como esclavos, como mercancía, como “bestias”.
Esta lógica de la estirpe y la sangre, no se detendría ni un minuto. La penetración forzosa de un pueblo sobre otro, la idea caballeresca y de la honorabilidad, de conquistar más tierra, nuevas superficies y valles, construir grandes imperios, murallas y represas, el advenimiento de la geopolítica, creerse los dueños del mundo, desafiando a los demás e instrumentalizando a los seres divinos. Esta locura, “sin locos”, que ha tomado distintos matices y denominaciones, que no ha dejado a nadie indiferente, al margen, pero repleto de marginales. Esta idea de que no hay límites, “el hombre todo lo puede” (Superman) y “Dios se encuentra de nuestro lado”, como intentando desafiar la finitud propia de la naturaleza humana.
La manifestación del poder y el biopoder
Los primeros asentamientos producen desde luego una profunda ruptura con el pasado, pero al mismo tiempo abren una vena interminable de pueblos, lenguas, razas y sangres. Una cuestión interminable e infinita, se inicia una vocación para devorar y penetrar todo lo que se encuentre al alcance. Es el poder que se manifiesta implacable por mamíferos que se han vuelto locos, que se creen dueños o dominantes del universo y le han puesto nombre a todo. Es el poder el que hace pensar a los hombres que “todo es posible”, “que siempre se puede y debe conocer más”[4]. Es el poder a nivel macro, son los gérmenes del fascismo contemporáneo. ¿Acaso no es una tontería que existan pueblos, personas; generales, diplomáticos, directores de empresas, países o los actuales estados modernos que se crean dueños del mundo y también de la retórica del bien y el mal e incluso de la misericordia hacia los “débiles”? Es el poder que se manifiesta en múltiples facetas y escalas; a nivel mundial, global, social y cultural.
Pero también a un nivel micro, cuando un marido pretende dominar a su esposa, haciéndola sentir inferior, de otra casta, de otra estirpe, sin clase. Cuando los padres castigan o encierran a sus hijos. Sin duda, se ha propagado la cultura del biopoder; del encierro y el panoptismo; la escuela, la familia, la iglesia, la cárcel, el psiquiátrico, la fábrica, cada cual con sus peculiares reglamentos, formas de registro, cámaras y torres de vigilancia y domesticación del cuerpo, que se manifiesta cuando se inculca y penetra la disciplina para ser “normal”, “útil”, “productivo” a la sociedad, cuando al sujeto se le obliga rezar, adoptar una “postura recta o moral”, en fin. ¿Quién se encuentra en condiciones de dictar cátedra sobre política o comportamiento razonable, Estados Unidos o los hijos de Pinochet, quizás Israel, Sharón?, ¿Quiénes se encuentran facultados para regular nuestra sexualidad, los profesores, los curas o los padres que cargan con sus propias culpas? Es cierto, nada de lo que hoy conocemos se habría logrado sin la dislocación, punto de inflexión emergente desde la transformación de nómada a sedentario y la posterior “revolución científica e industrial[5]”, ¿pero es una premisa suficiente para no resistir, no repensar o criticar nuestro mundo para salir de los “lugares comunes” desplegados por este saber poder?
Una cosa sí se hace evidente, “lo sagrado de la sangre”. Cuando nos dividimos entre los humanos porque tenemos “sangre distinta”, lo que ha derivado en la construcción de grandes dinastías, imperios, clases sociales y empresas coloniales, se manifiesta lo político. Cuando se ofrece la sangre de los animales y humana para conseguir ciertos objetivos metafísicos o divinos, “para lograr la salvación y la vida eterna”, se hace presente lo religioso. Cuando se le exige a una niña-mujer su sangre para honrar a su familia por medio de la horrorosa práctica de circuncisión o ablación femenina. En donde el clítoris o parte de éste es extirpado. O cuando se le exige la sangre para demostrar la honorabilidad del marido por tener una mujer “casta, pura y virgen”, se presencia lo sexual, en un sentido catastróficamente carnoso.
La presencia de todo un entramado de sistemas de valores, verdades acumuladas y certezas milenarios no es prueba necesaria de sabiduría y aprendizaje humano. Desde luego la humanidad, si es que puede existir un concepto propiamente tal, se encuentra distante de una existencia libre de opresiones, en la cual se desarrollen las potencialidades humanas, sin certezas ni verdades, con cualidades como la libertad, apertura mental e identitaria, cooperación, socorro mutuo, solidaridad, fraternidad y complementación. La existencia cartográfica de los estados, de los hemisferios, de los golfos, de las penínsulas, de los continentes, no implica una perversión en si misma. Pero sí el reflejo de una división incesante, de un entramado casi infinito de poderes. De una permanente aspiración por el dominio y el control de todas las variables, de la subyugación, representación u omisión del “otro”. Esta locura que no ha sido designada, confirmada o diagnosticada por el poder psiquiátrico-legal -tan clásico de nuestros tiempos- conduce a que personas se encuentren dispuestas a “dar su sangre” o sacrificar ejércitos y poblaciones completas por una “causa”. La sangre y la sangre. En la política, en la religión y en la sexualidad.
Por la sangre; por la honorabilidad, por el orgullo de mi casta, de mi barrio, de mi prestigio social, de mi estado, de mi familia, de mi claustro, de mi ejercito, de mi religión. Nos hemos convertidos en unos “malditos de sangre”. Se dice que los hombres sin valor o coraje[6], no tienen sangre. ¿Sangre para qué; para invadir otro país, para asfixiar a otros, para aniquilarlos o humillarlos, para empobrecerlos? La sacralización de la sangre es el origen de nuestra tragedia, de nuestra historia que escribe para dominar a las nuevas generaciones; con nuevos métodos, inscripciones, tácticas y nomenclaturas, con nuevas omisiones. ¡Si los árabes palestinos no existen como pueblo, tal como se jactaban los dirigentes sionistas! ¡Es porque los pueblos y las razas humanas tampoco existen!
* Nicolás Chadud es politólogo, investigador y columnista.
NOTAS
[1] Recomiendo leer el libro “Las Cruzadas vista por los árabes” de Amin Maalouf.
[2] No se vislumbraba todavía la producción en gran escala o el excedente.
[3] El mismo convirtió el agua en vino. Por ello, en la liturgia católica romana el creyente recibe la ostia para recibir el cuerpo de Cristo y bebe vino para recepcionar su sangre.
[4] Michel Foucault sostiene en “El orden del discurso” que las mutaciones científicas quizás pueden entenderse como efectos de un descubrimiento, pero también pueden leerse como nuevas formas de la voluntad de verdad que se presentan como constructivas y fecundas.
[5] Juntos a los intentos por transformar y socializar el sistema capitalista.
[6] Por ejemplo, lo que desertan de la guerra.
Imagen superior: Pintura de José García Chibbaro. Fuente: http://www.arteallimite.com/ver_artista.php?id=76 |