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Nota Introductoria
El siguiente escrito es una breve mirada o, más bien, un primer paso, que forma parte de una investigación de más largo aliento que he emprendido sobre el conflicto árabe israelí.
La intención que tengo al encarar esta problemática y caracterización de la ideología Sionista, es plantear sin tapujos de ningún tipo las posibilidades de una discusión y una crítica abierta a las acciones de un Estado que considero un peligro para la región y para el mundo entero; ya que por una parte, ha buscado justificar la barbarie con distintos medios y además, hoy sus actos son abiertamente contra un pueblo desarmado.
Pienso que para hacer una crítica radical es necesario criticar la lógica que lo expresa y que lo constituye. Sin embargo, no pretendo demostrar que la ideología de Tel Aviv, como expresión política es falsa. Lo que pretendo es exponer los principios básicos para demostrar que el Sionismo en realidad carece de sentido como proyecto emancipador, lo cual es un hecho totalmente práctico, no un supuesto ni tampoco un enunciado.
El trabajo teórico a realizar es complejo, puesto que conlleva una serie de elementos que componen el antagonismo entre las partes. Pero con dicha afirmación, no estoy diciendo que entender el tema que nos proponemos y el conflicto en sí es difícil, al contrario, muchos autores lo han develado en su plenitud y de forma muy clara; por mi parte, intentaré aportar en esta entrega total por denunciar las agresiones de un vecino macabro que también acecha al mundo entero.
Antes de continuar no puedo dejar de plantear tres puntos esenciales para el abordaje:
a) no creo en la similitud que intenta hacer el Estado israelí entre Judaísmo y Sionismo, pienso que no son sinónimos, al contrario es un instrumento que utiliza (al igual que la catástrofe perpetrada por los nazis o Shoah) para cerrar toda discusión y cuestionamiento interno, o a lo que le llaman de forma interesada: “judíos que se odian a si mismos”.
b) tengo muy claro, por el desarrollo mismo del conflicto, que la opinión de un no judío es casi letra muerta para los ideólogos de Tel Aviv y sus seguidores. Sin embargo, existe un creciente rechazo público dentro de la comunidad Judeo-Argentina (la más numerosa de Latinoamérica y ubicada como la sexta más grande del mundo fuera de Israel) reflejado en la creación de organizaciones que repudian desde el propio judaísmo los actos genocidas de Israel bajo el lema “no en nuestro nombre”.
c) expreso desde un primer momento que no soy antisemita, cuestión que probablemente, cualquier judío que legitima los actos del Sionismo, pensaría de ante mano. Al contrario, tengo un profundo respeto por este pueblo; su sabiduría, historia y además porque lo considero un ejemplo de lucha. Porque pienso que posee una antiquísima cultura de resistencia y porque ha tenido que enfrentar severos golpes. Pero hoy se mueve en una nueva tormenta, la cual lo hace tomar una posición clara, es decir, se encuentra sometido al producto de un fuerte aparato ideológico de Estado.
El planteamiento básico que pretendo desarrollar es que en la ideología de Israel, sintetizada en su programa de colonización[1] se distinguen tres elementos históricos que entrelazados de forma táctica y combinada, nos permiten a su vez reconocer distintos períodos del uso de la violencia y de los niveles de legitimidad y apoyo:
Primero, la continuidad con el pasado, es decir, el control total y hegemónico mediante la ocupación armada de un territorio en constante expansión; violencia contra la población nativa que busca su aval perpetuo en orígenes místicos, sagrados y míticos, por ende, está justificada por encima del derecho burgués internacional y de la soberanía nacional.
Segundo, el modelo bantustán que prima en sus tácticas y estrategias, cuestión que se manifiesta en la segregación étnica y en la discriminación racial, practicada al concentrar a la población Palestina (árabe) en ghettos tras un muro de Apartheid (separación o apartamiento). Y, por otro lado, en la ausencia de independencia, en la negación de la autonomía política[2] y en la ilegitimidad que poseen sus actos y mitos fundacionales al perjudicar a otro grupo humano. Por lo tanto, lo caracterizamos como un híbrido demo-autoritario, una democracia bantustán que busca acabar con un pueblo a través de lo que actualmente se conoce como “neo-colonialismo”.
Y tercero, la estrategia política del exterminio, trazada desde los inicios de la ocupación, por su más importante ideólogo -Teodoro Herzl- en su texto “El Estado Judío”. Allí se afirma que “el problema judío requiere de una solución de carácter nacional, y de tener lugar en Palestina, se basa en la caza indiscriminada de árabes, símbolo de la vanguardia en la lucha de la civilización contra la barbarie en Asia”.
El Estado y sus aparatos ideológicos
“Aunque la economía es el sitio real y la política un teatro de sombras, la batalla principal será luchada en el ámbito de la política y la ideología.”. Slavoj Žižek.
En el mundo moderno es posible afirmar que la unidad de organización suprema de la vida social es el Estado, debido a que no existe prácticamente lugar en el mundo que no se encuentre bajo el poder estatal. Asimismo, nos guste o no, todas las personas son miembros de uno, esto, aunque vivamos como trashumantes, nómadas o en comunidades aisladas.
Como bien nos han enseñado en nuestras clases de educación cívica, cada Estado crea una identidad única dentro de un territorio determinado, una ideología y tiene una visión idealizada de sí mismo. A su vez, tiene una estructura formal de leyes, decretos, burócratas, intelectuales, etc. Pero dentro de la concepción de las teorías revolucionarias, se presenta como un aparato de clase que monopoliza la violencia; es una máquina de guerra que posibilita a una clase dominar a otra[3].
Dentro de las teorías políticas es el anarquismo quien indaga de forma más profunda sus orígenes causales y consecuencias, logrando esclarecer que el divorcio entre el ejercicio conciente de nuestra vida en sociedad y el principio de representación heterónoma del Estado, no es necesaria ni exclusivamente un acto de violencia, ya que ésta última, es la que cumple el rol de contención y “exige el postulado de la obligación política o deber de obediencia”.
A su vez, el anarquismo, como análisis y crítica radical del Estado, nos plantea que también debemos considerar que el espacio político en su totalidad interactúa dependiendo de dos figuras distintas, que son inmanentes y se encuentran completamente entrelazadas: por un lado el principio de la dominación, es decir, la relación dirección-conducción (mando) y su respectiva obediencia. Y por otro lado, se encuentra el conjunto histórico de instituciones particulares generadas para regular los productos de la actividad social.
El Estado se fundamenta en “un paradigma de estructuración jerárquica de la sociedad”, el cual “es necesario e irreductible en el espacio del poder político o dominación, porque este espacio es construido a partir de la expropiación que efectúa una parte de la sociedad sobre la capacidad global que tiene todo grupo humano de definir modos de relación, normas, costumbres, códigos, instituciones, (…) lo simbólico-instituyente[4]”. En este sentido, es que “la institucionalización del poder en su forma Estado articula, a nivel de imaginario social, un sistema de ideas de legitimación que permiten la reproducción de ese mismo poder político o dominación”[5], el cual se desempeña sobre la base de una representación y participación estructurada por un sistema político y mediada por el régimen político de gobierno.
Es contra el principio metafísico de dirección heterónoma del Estado (estructuración jerárquica y expropiación de la capacidad social colectiva de decisión), o lo que denominamos como principio de la dominación, que el anarquismo centra su crítica. Principio solapado en la representación política, el cual es mediado por un discurso unificador que busca la cohesión y la lealtad social, y que se conserva -junto con otros componentes- gracias a una doble relación: la del intelectual que habla por el Estado y comunica el relato que busca instituir y la del siervo que legitima y acepta el acto[6].
Como nos plantea Gramsci: “los intelectuales son los ‘empleados’ del grupo dominante para el ejercicio de las funciones subalternas de la hegemonía social y del gobierno político”; además como mencionamos en el anterior párrafo, serán los encargados de transmitir y crear el discurso que legitime y haga funcionar los aparatos ideológicos de dominación de clase, ya sea a partir “del ‘consenso’ espontáneo que las grandes masas de la población dan a la dirección impuesta a la vida social por el grupo fundamental dominante, consenso que históricamente nace del prestigio (y por lo tanto de la confianza) que el grupo dominante deriva de su posición y de su función en el mundo de la producción”. O también a partir del control “del aparato de coerción estatal que asegura ‘legalmente’ la disciplina de aquellos grupos que no ‘consienten’ ni activa ni pasivamente, pero que el mismo está preparado para toda la sociedad en previsión de los momentos de crisis en el comando y en la dirección, casos en que no se da el consenso espontáneo[7]”.
De esta forma, el rol del “intelectual orgánico” es proporcionar los elementos complejos, e incluso más básicos, para lograr ejercer la dominación y, a su vez, para que esta se perpetúe como necesaria, natural, legitima, creíble y por su puesto, que estructure conciencias.
La idea de Goebbels, ministro de propaganda nazi (“miente, miente, que algo quedará”) es la encarnación de la función irremplazable del intelectual. Ejemplo de ello, también es la constante y aguda retórica utilizada por el Sionismo del derecho a la seguridad y derecho a la existencia, el cual busca validar y legitimar una Nakba (catástrofe) permanente y, por su puesto, su situación de ocupante ante la “comunidad internacional” y las instituciones que velan por el derecho y la seguridad a nivel mundial. Es decir, ha producido a través de los llamados “derechos naturales” un discurso ideológico que permite la conservación de su línea política estratégica, ignorando por completo el orden jurídico y el genocidio provocado hasta la fecha.
Es el mismo Gramsci quien ampliará el análisis del aparato estatal, pensándolo como una unidad compleja que cruzará a toda la sociedad al mencionar que el Estado será la suma del aparato represivo, el cuerpo administrativo-jurídico y por último, la sociedad civil, que -en términos de Althusser- será la que experimentará los llamados Aparatos Ideológicos de Estado (AIE), los cuales se distinguen de los otros aparatos estatales por funcionar, principalmente, a través de la ideología.
En resumidas cuentas, podemos plantear que los AIE ejercidos por Israel, son los que conforman el sistema de creencias generalizados, configurando una red simbólica y material que hace posible la reproducción o la continuidad de la ocupación de Palestina. O en palabras simples, es gracias a su compleja red de influencias que persiste el apoyo a su política que se autodefine como de defensa, a la legitimidad silenciosa de sus actos bélicos y a la creencia de su violenta propaganda.
Vale agregar, que pensar al Estado desde su punto de vista ideológico es develar lo que define su forma ideal y lo que justifica los actos que encaminan hasta conseguir ese arquetipo a concretar. Sólo bajo este prisma es que podemos comprender los macabros y perversos elementos programáticos ejecutados. Es decir, lo que va desde la expulsión hasta convertir a todo un pueblo en refugiado; desde el acto de transformar las ciudades en verdaderos campos de concentración, hasta la política sistemática de aniquilación, desde la carnicería indiscriminada y también, muchas veces selectiva de palestinos, se escabulle bajo el argumento de la lucha contra el terrorismo islámico.
Acotaciones sobre el concepto de ideología
Para cumplir con los objetivos que nos hemos propuesto, debemos despejar el concepto de ideología que hemos venido ocupando durante el desarrollo del texto. Componente necesario para entender los planteamientos específicos que hemos desarrollado brevemente.
Para comprender el ejercicio realizado por los ideólogos israelíes, firmemente aferrados a sus convicciones y a su Verdad, debemos asumir la premisa de que la ideología es la producción misma, por tanto, “no es un modo de ver el mundo sino que es un modo de ser del mundo[8]”, es la vida misma como acto de producción, es la manera en que se produce y reproduce la experiencia de habitar en el mundo, en este sentido, todo acto humano es producción.
La ideología es real y se hace efectiva en la medida que posee un carácter ontológico, es decir, cuando es constitutiva de la vida misma, en tanto conjunto y colección histórica de actividades humanas se hace parte fundamental del mundo en el cual opera, o sea, es el mundo mismo. Como diría Gramsci, el desarrollo de la humanidad “es la forma en que se manifiestan las fuerzas materiales de una sociedad”. Así entendido lo ideológico es lo real, lo que vivimos, es decir, lo que histórica y orgánicamente es. Mientras que el límite de la historia (entendida desde el materialismo histórico), como reconstrucción racional ligada a intereses de clase, es la política como ejercicio del poder, el quehacer político, sus tácticas y estrategias, cuestión que ahondaremos más adelante.
También es una suerte de filtro mediante el cual la sociedad se ve a sí misma, al resto del mundo y, a su vez, es el espacio donde la sociedad se produce y se crea. Es el espacio de producción recíproco entre individuo y sociedad.
De esta forma es como el Sionismo y su aparato ideológico estatal ha logrado producir un mundo -un espacio político[9]- donde su ideología posee sentido, es decir, ha logrado promover y dar forma a un conjunto de particularidades político-sociales entrelazadas con el componente religioso que se viven como Verdad. Particularidades que unidas como un todo se materializan en su ideología y razón de Estado.
Lo importante que debemos considerar, al plantear esta visión del tema, es que desde el punto de vista práctico, la superación de dicha Verdad, es un problema político y, en este sentido, su superación sólo puede lograrse cambiando radicalmente el mundo bajo el cual tiene sentido y razón de ser.
Cuando nos referimos de que el cambio debe ser radical, despuntan una serie de alternativas, puesto que queda abierta la posibilidad de que estemos planteando que su superación va mucho más allá de nuestra solidaridad con el derecho a la resistencia -por todos los medios- que ejerce el pueblo palestino, o incluso que las intenciones políticas que buscan concientizar o sensibilizar a los israelíes del mundo con las atrocidades cometidas por su Estado; también incluso se puede interpretar como un cambio que está más allá de las conquistas de la lucha anti-colonialista y de liberación nacional (la autodeterminación y el autogobierno de un pueblo soberano). Pues, si bien es cierto, que cada uno de los pasos a favor de un pueblo oprimido, son grandes logros para conquistar su plena libertad, lo que estamos planteando es la transformación profunda del mundo, es decir, de sus condiciones de existencia y de sus relaciones de dominación, ya que la plena libertad del pueblo palestino sólo será posible si el judío es libre y, por su puesto, si la humanidad en su totalidad lo es.
Esta intención de cambio radical es una perspectiva que es considerada por muchas personas como imposible, inviable, lejana a las actuales condiciones materiales, o incluso como inapropiada debido a la correlación de fuerzas existentes. Pero la libertad de Palestina, pensada como parte de un proceso mundial complejo de lucha infatigable contra la opresión imperial y contra las instituciones que niegan su posibilidad, es el único camino que puede hacer posible un mundo distinto. Es el todo o nada.
Antes de continuar, quiero detenerme en esta afirmación y dejar claro que no estoy criticando la actualidad de la resistencia, ya que es prácticamente criminal negar nuestro apoyo a ejercer dicho derecho, así como también, el ejercicio soberano e independiente de cualquier nación del mundo, ya sea, Mapuche, Vasco, Kurdo, etc. Esto, aunque no apoyemos el programa político de quienes resisten, es decir, que aunque -por ejemplo- no nos inclinemos por el proyecto político específico de grupos nacionalistas, étnicos o religiosos; es fundamental defender los derechos de los oprimidos, ya que significa luchar contra el andamiaje de relaciones de opresión y contra quienes las sustentan.
Además, hay que considerar que siendo una lucha anti-colonial, no podemos esperar que la liberación del pueblo palestino se dé por un súbito giro en la ideología sionista. Pensar esto, no es más que una ingenuidad política mecanicista que no comprende la profundidad de las relaciones subjetivas y objetivas que se erigen en los habitantes de un territorio bajo un contexto de relación colonial. Ejemplo de ello, es el 95% de apoyo –por parte de la ciudadanía israelí- a la invasión de Gaza de fines del 2008.
Varios motivos históricos nos hacen sostener la anterior posición:
· primero, la nula voluntad política real de Israel, para la conformación de un Estado binacional, para que hablar de la posibilidad de creación de dos estados soberanos;
· segundo, pensar en la paz no es posible, porque los mismos procesos de ésta han decantado en un sinsentido. Un gran ejemplo de aquello es la ruta a la paz consensuada en Oslo, la cual fue realmente una farsa, porque no se vive a diario y además, nunca ha estado presente en la agenda del Sionismo;
· tercero, en la misma línea del planteamiento anterior. No podemos vaciar de contenido político el conflicto y tratarlo sencillamente como un “problema humanitario”, ya que, cerramos la posibilidad de respuesta a ésta “guerra de agresión”, es decir, anulamos por completo el derecho a la resistencia y a la estrategia armada. Lo cual no quiere decir que aceptemos una línea política militarista. Básicamente lo que planteamos, es la efectividad que se logra al dar golpes certeros al “muro de hierro”, es decir, la constatación empírica de los efectos secundarios que los diversos ataques propinados a las potencias imperiales tienen a nivel global.
La certeza de la resistencia Palestina, por muy “humilde” que sea, es parte de la estrategia para hacer cambiar la mentalidad israelí, ya que, por ejemplo, la única forma de crear un cierto nivel de rechazo social masivo interno en EE.UU. a su incursión bélica en Irak, han sido los ataques certeros que le ha propinado la resistencia armada del pueblo iraquí.
Otro constatación que podemos traer para ilustrar nuestra posición, son los avances, en el plano político[10], que ha logrado Hizbulah en el Líbano, ya que una vez finalizada la resistencia a la aventura bélica de Tel Aviv en 2006, el grupo armado ha logrado generar cercanías que han ido más allá de las tradicionales barreras religiosas y étnicas que han dividido al país durante años[11]. Pero no sólo eso; esta creciente influencia lentamente se ha expandido por la región, ya que, en Egipto, Jordania y Arabia Saudita -países aliados de EE.UU e Israel- se han multiplicado movimientos sociales contrarios a la humillante política servil de sus autoridades, los cuales aumentaron su indignación al ver la indiferencia con la que sus líderes observaban las bombas de racimo[12], el fósforo blanco[13].
Hoy la militarización de Israel es absoluta, ha invadido lo profundo de la mente de sus ciudadanos, el ejercito ha pasado de ser un aparato represivo a un aparato ideológico, cumpliendo su rol a cabalidad, por ejemplo, con la creación del “muro de hierro”, el cual busca resguardar su proyecto de la “amenaza Palestina”, demostrar su poderío bélico y su capacidad disuasiva.
Al ubicarse como la cuarta potencia militar a nivel mundial nos preguntamos: ¿Qué hacer? ¿Cómo romper ese muro mental que ha producido en sus ciudadanos, aliados y seguidores que lo legitiman?, ¿Acaso podríamos pedir suplicas humanitarias al consejo político de la ONU? También nos preguntamos por la posibilidad de apelar a ideas clasistas y cuestionarnos sobre si ¿podríamos hacer llamados a la unidad y conciencia de clase o simplemente apelar al corazón de la clase obrera israelí, la cual, dicho sea de paso, es anti-Palestina a ultranza? o ¿buscar la forma de demostrar que la “clase obrera” israelí tiene mucho “más en común” con los palestinos oprimidos que con sus propios gobernantes?
Sin embargo, no podemos caer en errores de interpretación y comprensión del problema, puesto que no es un simple conflicto entre clases antagónicas, es mucho más complejo aún, ya que también posee elementos opresivos de carácter racial y nacional, lo cual amerita un ejercicio de desarrollo aparte. E incluso, también podríamos preguntarnos si el camino es ¿demostrar que su poder disuasivo, justificación de su existencia, es o no necesario?
“Una Tierra prometida para un Pueblo elegido”
En términos simples, la historia es el uso posible en el presente, de una construcción retrospectiva y racional de lo pasado, es decir, es el uso de elementos que facilitan la reproducción de la ideología dominante, los cuales se utilizan como instrumentos de justificación del arquetipo a concretar.
En nuestro caso, es la constante búsqueda de evidencias que ayuden a justificar la ocupación de un territorio, los cuales se materializan a través del coloniaje, en una guerra de agresión y bajo argumentos míticos, históricos y divinos.
Es acá donde nos encontramos con el ejercicio realizado por los más fanáticos propulsores del Sionismo, su idea de “expulsión[14]” y de limpieza étnica[15] de los árabes del territorio palestino, “Debemos estar preparados para expulsar con la espada a las tribus (árabes) en posesión como lo hicieron nuestros antepasados, o para enfrentar el problema de una gran población ajena, principalmente mahometana y acostumbrada por siglos a despreciarnos”.[16]
La anterior cita es parte de un discurso pronunciado por Israel Zangwill en abril de 1905. Cuando hace mención a sus antepasados, está planteando tomar la tierra, ocuparla y expulsar a sus habitantes, ya que la ocupación descansa en el momento que Dios se le apareció a Abrahán[17] por primera vez y le hizo la promesa explícita de la tierra y la descendencia: “A tu descendencia he de dar esta tierra”[18], tierras que abarcan desde el río de Egipto hasta el río Eufrates, es decir, “la Tierra Prometida para el Pueblo Elegido”.
No obstante, debido a que debemos hacer cargo a las ideologías de los temas terrenales, existe una sensación de que son distintas a las religiones, las que requieren la condición espiritual y la redención de los individuos. Pero como dice Barry J. Kemp el “contraste entre ideología y religión refleja el punto de vista de la moderna cultura occidental[19]”.
Muestra de la similitud entre religión e ideología, es el integrismo (islámico y judío), el cual “se caracteriza por una combinación de dos elementos, sin que haya necesariamente una relación entre ellos pero que están unidos de manera contingente y repetitiva. Uno de esos elementos es la invocación de un retorno a los textos sagrados, leídos de forma literal; el otro es la aplicación de esas doctrinas a la vida social y política[20]” y para los antiguos egipcios “aunque no lo formularan a modo de un moderno tratado, la sociedad ideal en la tierra era el reflejo fundamental de un orden divino.”[21]
Volviendo a lo histórico, evidenciamos que la reconstrucción de la historia bíblica, es la que evidencia la justificación de la ocupación y del genocidio étnico, ya que en la práctica proclaman que Palestina les ha sido entregada por Dios y su garante terrenal es su armamento bélico de tecnología de punta.
Como bien dicen por ahí, a pesar de ser un saber del pasado, tiene rendimiento argumentativo también en el presente, ya que la reconstrucción histórica tiene un valor ideológico en tanto es lo que confirma la legitimidad de los procesos políticos encabezados por el Sionismo y esto se explica porque una ideología es real sólo cuando logra formalizarse y hacerse del poder, ya sea para enajenarlo o sociabilizarlo.
Entender el ejercicio que realizamos bajo la premisa de que lo ideológico es lo real mismo, es fundamental para combatir la opresión imperial. Es un camino que debemos develar en su plenitud, ya que nos ayuda a comprender la relación absoluta de cada movimiento -por más pequeño que sea- efectuado por Israel y, además, nos permite vislumbrar que la política adquiere un desarrollo totalmente distinto al que podría tener una idea de lo político fundado en argumentos epistemológicos que especulan la realidad separada de lo político y de lo económico, ya que así pensada, no será raro que Tel Aviv argumente a través de lo sagrado la legitimidad de sus actos y en lo heterónomo o exterior a la creación humana la Nakba (Catástrofe). Por tanto, el hacer coincidir lo real con lo ideológico y, obviamente con lo político, es fundamental para comprender y criticar de forma lógica e histórica el programa político del Sionismo, sus elementos tácticos y estratégicos.
Las distintas maneras en cómo el ejercicio del poder se expresan, deben ser entendidas como articulación táctica en términos históricos. Por ejemplo, el negociar, en un primer momento, con Inglaterra (Declaración de Balfour, noviembre de 1917) para un futuro hogar nacional judío en el territorio palestino buscaba ganar legitimidad internacional a través de una de las potencias vencedoras de la 1ª GM.
Luego, un segundo momento que podemos destacar es el beneficio (acomodando las cosas para su interés) que buscó en el movimiento nacionalista árabe, “Hay una diferencia fundamental y decisiva entre la situación de los árabes como nación y la de los judíos como nación. Palestina no es necesaria para los árabes desde un punto de vista nacional. Ellos están ligados a otros centros. Allá en Siria, en Irak, en la península arábiga, está la patria del pueblo árabe”.[22] Este supuesto que habla de que el pueblo palestino no tiene una relación de apego o de identidad con el territorio, intentó buscar justificación a través de la idea pan-árabe de una gran nación y, por tanto, de que el pueblo palestino era uno más en una nación más grande de árabes. Como dice una de las consignas más populares de Israel Zangwill: “Una tierra sin pueblo, para un pueblo sin tierra”.
Hoy, tras un cambio sustancial en la correlación de fuerzas del movimiento de liberación palestino, el resultado es el siguiente: la tierra de Palestina que pertenecía a los judíos era el 6,5% en 1947, actualmente es más del 93%, de ella el 75% pertenece al Estado y el 14% al Fondo Nacional Judío.
El tema es muy preocupante, debido a que Israel nunca ha declarado los limites de su Estado, uno de los líderes del partido socialdemócrata MAPAI[23], Ben Gurión, alguna vez sostuvo: "no se trata de mantener el status quo. Vamos a crear un Estado dinámico, orientado hacia la expansión". Tanta preocupación, es sólo proporcional a la constante cooptación que está produciendo el inicio de un avance irrestricto de la hegemonía mundial del Sionismo.
Es más, lo que llaman respuesta a una agresión, no es sino la reafirmación ideológica por excelencia por parte del imperialismo, el que antepone la imparcialidad de su lógica occidental liberal capitalista, a través de las armas de fuego y químicas a los pueblos árabes y a la administración política y “sobreideologizada” de los regímenes del fundamentalismo islámico.
En palabras sencillas, el programa político del sionismo sólo asoma lo natural y necesario de la lógica democrático burguesa. He ahí el sencillo gesto ideológico en su plenitud. En otras palabras, el problema de la ideología del Estado sionista de Israel, deberá ser leído como un problema hegemónico.
NOTAS
[1] Expulsar a los palestinos, apoderarse de sus tierras mediante la compra o las armas, promover la inmigración judía, preservar el trabajo y la tierra exclusivamente para ellos. Una serie de medidas que Nathan Weinstock lo expone claramente en su libro “El Sionismo contra Israel”. Buenos Aires, Gosman Editor. 1973.
[2] Brevemente pretendo dejar en claro la sutil pero compleja diferencia entre Independencia y Autonomía política, ya que esta última no es sólo la idea mecanicista de separación de una “cosa” con otra, pues no, el concepto de autonomía implica una mayor complejidad práctica que engloba la posibilidad y la capacidad real de dotarse de sus propias instituciones, leyes y normas. Mientras que la pura independencia no necesariamente implica que un cierto territorio que es independiente sea autónomo y, por tanto, efectivamente soberano.
[3] El Estado comprendido como conjunto de instituciones que permiten la dominación de una clase por otra, se materializa en un doble plano: por una parte es interpelación ideológica constituyente y por otro una máquina militar. No obstante, vale mencionar que ambos planos se superponen y dependen constantemente de sí mismos, es decir, el aparato ideológico no puede operar ni ser hegemónico sin grados de violencia, así como el aparato militar no puede funcionar sin mediación y construcción ideológica.
[4] E. Colombo. El Estado como Paradigma de Poder en: “El Espacio Político de la Anarquía”. Nordam-Comunidad. 2000. Pág. 57.
[5] Idem. Pág. 65.
[6] Parafraseando a Foucault y en palabras simples: Saber es poder. “(…) poder y saber se implican directamente el uno al otro, que no existe relación de poder sin constitución correlativa de un campo de saber, ni de saber que no suponga y no constituya al mismo tiempo relaciones de poder. Estas relaciones de "poder-saber" no se pueden analizar a partir de un sujeto de conocimiento que sería libre o no en relación con el sistema del poder; sino que hay que considerar, por lo contrario, que el sujeto que conoce, los objetos que conoce y las modalidades de conocimiento son otros tantos efectos de esas implicaciones fundamentales del poder-saber y de sus transformaciones históricas… ". M. Foucault. “Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión”. Siglo XXI, 1980. Págs. 34-35.
[7] Todo lo que está en comillas. A. Gramsci. “Cuadernos de la Cárcel”. Tomo IV. Pág. 357. Con respecto al rol del intelectual, también recomendamos la lectura de un texto anónimo titulado: “Notas al problema del Intelectual”. En la revista: Hombre y Sociedad. Nº 21, Segunda Época, Primavera 2007. Santiago, Chile. Págs. 11-15. También: Á. Rama. “La Ciudad Letrada”. Ed. Del Norte, Hanover, 1984. Y finalmente, desde la critica de filosofía de las ciencias: C. Pérez Soto. “Sobre un Concepto Histórico de Ciencia. De la Epistemología Actual a la Dialéctica”. Universidad ARCIS/LOM Ediciones. Agosto de 1998. Santiago de Chile.
[8] Idem. C. Pérez Soto. “Sobre un Concepto Histórico de Ciencia… Pág. 209.
[9] Desde el punto de vista jurídico, Israel se legitima en que la ONU y la “comunidad internacional”, lo reconocen y le conceden el status de Estado. Mientras que la autoridad Palestina -la cual posee representatividad sobre su pueblo y es legitimada por él-, sólo es considerada un órgano de transición que no posee poder sobre su territorio, lo cual nos demuestra que no existe un orden jurídico, si no que una práctica de parte de los ocupantes para legitimarse ante los Estados del mundo. E aquí, según nuestro planteamiento, la “fuerzas motrices” o las causas motoras de la política de ocupación colonial, es decir, no consideramos esta ausencia jurídica y el reconocimiento internacional, como “fenómenos específicos” o síntomas de la ocupación, al contrario son su punto de partida, ya que, el gran temor estratégico de las potencias imperiales o coloniales, es el renacimiento del Panarabismo.
[10] Bien es sabido que la clave del éxito de un movimiento guerrillero, no está dada exclusivamente por su capacidad de despliegue militar; un elemento fundamental, como lo demostró la guerra de agosto de 2006 en el Líbano, es el factor político.
[11] Ver: Democracy Now, 03 de Agosto, 2006. Acá es posible encontrar declaraciones conjuntas de la Iglesia Católica Maronita, de los Chiítas y Sunitas elogiando la resistencia de Hizbulah. Ver también: “The Palestinians are facing national destruction”, Noam Chomsky. Revista Counterpunch. 3 de Septiembre, 2006. Y finalmente: http://www.csmonitor.com/2006/0728/p06s01-wome.html. Donde se revela que el 87% de los libaneses apoyaba la resistencia de la guerrilla, incluyendo el 80% de los Cristianos y Drusos, y el 89% de los Sunitas.
[12] “Popcorn` Bombs”, 29 de octubre del 2006. http://qursana.blogspot.com También recomiendo la lectura de: www.electronicin-intifada.net
[13] Ver: A Palestinians Asks: Why Does Bush Hate Us. Hikmat Ajjuri, Irish Times, 10 de noviembre del 2006.
[14] En 1947 el 6,5% de la tierra estaba habitada por judíos. Luego de una sistemática expulsión, a más de un millón y medio de palestinos de sus territorios, este porcentaje hoy representa más del 93% del territorio de Palestina, de aquellos porcentajes, el 75% pertenece al Estado y el 14% al Fondo Nacional Judío.
[15] Ver: Ilan Pappé, “La limpieza étnica de Palestina”. 2008. Véase también los escritos de Benny Morris.
[16] Israel Zangwill, Speeches, Articles and Letters. London. The Soncino Press, 1937. Pág. 210. Citado en Masalha Nur. Expulsión de los palestinos. El concepto de “transferencia” en el pensamiento político sionista 1882-1948. B. Aires. Ed Canaan, 2008. Pág. 19.
[17] Abrahán es para el judaísmo el padre de la nación.
[18] La anterior cita es parte del Génesis, el cual es parte de laTorá o más conocida como los cinco primeros libros de la Biblia, es decir, lo que se conoce como Antiguo Testamento escrito por Moisés, los cristianos también le llaman Pentateuco, ya que consta de: Génesis (Bereshit), Éxodo (Shemot), Levítico (Vayikrá), Números (Bemidbar) y Deuteronomio (Devarim). Los judíos le llaman la Ley.
[19] El Antiguo Egipto. Anatomía de una Civilización. Kemp, Barry J. Barcelona, 1992, Cap. 1. Pág. 28.
[20]Fred Halliday. El fundamentalismo en el mundo contemporáneo. (En linea),”http://www.hojaderuta.org/imagenes/el%20fundamentalismo%20en%20el%20mundo%20contemporaneo_halliday.pdf “(consulta: 10 de abril de 2009).
[21] El Antiguo Egipto. Anatomía de una Civilización. Op. Cit. Pág. 28
[22] Yosef Gorny. Zionism and the Arabs, 1882-1984. Pág. 214, citando el artículo de Noshe Beilinson “Right Over Palestine”, en Davar, 4 de diciembre de 1929. Citado en Masalha Nur. Expulsión de los palestinos...Op. Cit. Pág 31. Beilinson fue un líder del partido laborista israelí y cercano colaborador de Ben-Guiron.
[23] Sigla de Mifleget Po’alei Eretz Yisrael. Partido sionista socialista israelí, creado en 1930 mediante la fusión de Ahdut Ha’avodah (Union de los Trabajadores, fundada en 1919 en Palestina) y Hapo’el Hatza’ir (el Joven Trabajador, fundado en 1905 tras la segunda gran inmigración, Aliyah, proveniente de Rusia luego del fracaso de la insurrección de aquel año). Luego se convirtió en el Partido Laborista de Israel.
* Esteban Ferreira es Cientista Político e investigador. |