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Edicion Nº 29
Enero 2010
 

Profanaciones palestinas. Para una solución “extra-estatal” de la cuestión palestina
Por Rodrigo Karmy Bolton*
“Es cierto que necesitamos la historia, pero la necesitamos de un modo distinto a la del ocioso maleducado en el jardín del saber, pese a que este contemple con desprecio nuestras necesidades y las considere rudas y carentes de gracia.” Frederich Nietzsche.


Desde que escribí La exigencia de la cuestión palestina en el año 2005, texto que fue publicado en el segundo número de los cuadernos del Centro de Estudios Árabes de nuestra universidad, no he dejado de plantear la pregunta de si acaso la “solución” a la mentada “cuestión palestina” pasa por la creación de un Estado-nacional. Es más, los artículos que he escrito en la revista web Hoja de Ruta, de la cual he tenido el gozo infinito de participar, no sólo presentan una crítica de la “solución” estatal-nacional de la cuestión palestina, sino que también, insisten sobre la posibilidad de que dicha (s) “solución” (es) no haga (n) otra cosa que perpetuar el problema que dice (n) combatir.

Dicha insistencia, me parece, remite a un problema decisivo, a saber, que la mentada “cuestión palestina” constituye tanto el último problema colonial como el primer asunto de policía global. Más directamente: la cuestión palestina nos enfrenta a una pregunta filosóficamente radical, a saber, ¿que significa actuar políticamente más allá de la esfera estatal? En otras palabras, ¿que puede significar una vida activa en la época post-estatal?

Su historia no deja de reclamar a sus muertos. Los de 1948, los de 1967, los del 1982, en fin, los de todos los años, los de todos los días, los de todas las horas que, en medio de la luna, despiertan con el bulldozer israelí a sus espaldas –si es que despiertan. La nakba (en árabe “catástrofe”) quizás constituya el acontecimiento cuyos efectos aún no podemos medir del todo. Para los palestinos, historia y nakba no pueden sino identificarse. Con ello, todo intento por trazar una historia de la razón, una historia del derecho o una historia de la democracia se disloca al punto de perder completamente su sentido.

La nakba, cuya cronología lleva más de 60 años, pero cuyo acontecimiento no ha hecho sino detener al tiempo, testimonia el modo en que un pueblo entero ha vivido en la suspensión misma de toda ley, más allá de los límites estatales. Con sus luchas, con sus muertos, con sus poetas, el pueblo palestino testimonia de facto, que se puede vivir más allá del Estado. En otras palabras, el pueblo palestino quizás sea de facto, el primer pueblo post-estatal y, por ello, tal como hubo indicado Hannah Arendt respecto de la transformación de los judíos en refugiados, es posible que el pueblo palestino sea, en este sentido, la vanguardia de los pueblos. En eso consistiría su miseria, pero también, la radicalidad de su promesa.

1.- Piratas.

Desde mediados del siglo XVI los ingleses, cuya dedicación combinaba el pastoreo de ovejas y los botines en Francia, comenzaron a experimentar una gran transmutación que, en menos de dos siglos, los posicionó como la potencia imperial dueña de todos los mares. Incendio de costas, saqueo de ciudades, hundimiento de barcos comerciales españoles, constituyeron parte de la larga lista de destrucción que comenzaba a asolar la tierra y que, por al menos tres siglos, hizo conocido a los piratas. Los piratas están lejos de ser una anécdota en la larga historia que dio lugar a la hegemonía europea. Mas bien, ellos se sitúan entre un viejo ordenamiento jurídico y político centrado en la toma de tierra, y uno nuevo centrado en la toma del mar, constituyendo así, los catalizadores de dicho proceso.

Como recuerda Schmitt, los piratas actuaban en una verdadera tierra de nadie a partir de una “libertad esencialmente no-estatal”. Según Schmitt, la arremetida de los piratas trae como efecto decisivo, la difuminación de los exactos límites entre el “Estado e individuo, entre existencia pública y privada, lo mismo que entre guerra y paz y entre guerra y piratería” (NT, p. 172). Así, la potencia española que, a pesar de haber (des) cubierto América y haber abierto la conquista planetaria de los mares, se estructuraba a partir de un ordenamiento jurídico centrado básicamente en la tierra y no en el mar. Así, España podía declarar a los piratas como “enemigos de la humanidad”: fuera de todo orden jurídico, los piratas no podían tener el estatuto jurídico “normal”, precisamente, porque su ámbito lo constituía esa “tierra de nadie” que se abría infinitamente.

Así, el paso entre el viejo ordenamiento terrestre que había estructurado al mundo hasta ese momento, los piratas constituyen la bisagra que testimonia un salto, un tránsito hacia un nuevo ordenamiento marítimo. Si España termina reflejando el último gran Imperio estructurado en base al ordenamiento terrestre, Inglaterra emerge como el primer Imperio en base a un nuevo ordenamiento propiamente marítimo. Acaso dicho proceso encuentre en la filosofía política de Thomas Hobbes su mejor expresión: el Leviatán es, según la tradición veterotestamentaria, el monstruo marino que viene a poner orden en su lucha contra el Behemot, el monstruo terrestre.

En nuestro tiempo, el ordenamiento marítimo es llevado al extremo de su propia implosión. El siglo XX se presenta como el último respiro de dicho ordenamiento que coincide con la merma de la hegemonía imperial inglesa, en el nuevo escenario de la mal llamada “guerra fría”. Con ello, ingresamos a una nueva era que pone en crisis el viejo nómos marítimo y abre una nueva tierra de libertad “no-estatal”. En otras palabras, nuestro tiempo ha vuelto a ser un tiempo de piratas en la medida que se abre una nueva “tierra de nadie” en que la figura del “enemigo de la humanidad” vuelve a proyectar su sombra. Así, el ordenamiento marítimo que podía distinguir entre esfera privada y esfera pública, entre la guerra y la paz, entre lo interior y lo exterior, comienza a dislocarse hasta el punto de vaciarse completamente de sentido. Como resultado de ello, se abre una nueva tierra de nadie en que la ley funciona en la forma de su excepción. Con ello, la piratería puede ser pensada como el paradigma de nuestro tiempo, en que la matriz estatal-nacional ha terminado por subsumirse a una gubernamentalidad que regula, administra y vigila la libre circulación del capital en una alianza estratégica por la seguridad global.

2.- “Ciudadano”.

En una entrevista el otrora revolucionario y ex- alcalde de Nablus Bassam Chaaka, hace un certero diagnóstico acerca de la Autoridad Palestina: “Es que nosotros –plantea- tenemos una resistencia sin política. La Autoridad palestina se opone a la resistencia. Antes de Oslo, el mundo comprendía nuestra posición porque resistencia y política iban juntas.” (p. 31). La cesura entre resistencia y política es una cesura estatal. En este caso, una cesura determinada por la complicidad estratégica entre la Autoridad palestina e Israel que se apropian –o pretenden apropiarse de la política- combatiendo así, a las nuevas formas de resistencia.

Sin embargo, a Chaaka le preguntan: “Si tuviera que definirse políticamente, ¿qué palabra elegiría usted? Ciudadano -responde”. La respuesta de Chaaka resulta del todo singular. Ante todo, por el hecho absolutamente decisivo, de la condición no estatal del pueblo palestino en la cual, el uso del término “ciudadano” parece exceder cualquiera de las significaciones habituales. “Ciudadano” no remite aquí a la inscripción jurídico-política a un orden estatal (ya sea un imperio o un Estado), sino más bien, anuncia la posibilidad de una vida política exenta de dicho ordenamiento.

Más, si nos fijamos bien, en esta discusión lo que está en juego es el estatuto de la propia categoría de política. O bien, “política” se identifica a la forma Estado, o bien ésta excede las formas que se da, yendo más allá de ésta. Para Chaaka se trata de conectar la resistencia con la política. Pero no para subsumir la primera en la segunda, sino para hacer de ambas la misma fuerza, la misma intensidad. En suma, unir resistencia y política significa desactivar la cesura sobre la vida política que han impuesto las formas estatales. En esta perspectiva, quizás las fórmulas estatalistas, ya sea un pueblo= un Estado (la apuesta de la política israelí y norteamericana actual) o dos pueblos= un Estado (la apuesta de un Estado binacional), deban volcarse a lo que de facto ha sido la historia de palestina.

Una historia que se identifica a la nakba y que, por ello, no puede ser sino ubicarse en el horizonte de la nueva época post-estatal de la piratería. Porque la nueva época de piratería no sólo lleva consigo las más grandes miserias, sino también, quizás en ella se anuncian las más altas esperanzas, a saber, la posibilidad de una ciudadanía post-estatal, de una vida activa más allá de todo Estado, una vida política resuelta en una irreductible multiplicidad que no se agota en las formas que se da ni en las acciones que realiza.

Esta vida política es, quizás, lo que los palestinos llamaron en su momento intifada (revuelta), esto es, un movimiento (no un partido, ni un Estado) que carece de cualquier forma pero que dio lugar a todas las formas políticas posibles. La intifada es la potencia palestina, palestina como potencia, como esa Tierra que, según las enseñanzas de Ibn Arabi, nació del “resto” de arcilla que quedó de la creación.

3.- Historia.

La historiografía siempre se caracterizó por caricaturizar los azares de los vencedores en la forma gloriosa de la epopeya. Con ello, la historiografía elevó a un lugar sagrado a las acciones de ciertos individuos que, supuestamente habrían conducido a los pueblos a una cierta “victoria” (que por cierto su calificación de victoria dependerá de la perspectiva desde donde se mire). Quisiera proponer tres tesis sobre la historiografía, a propósito de las implicancias que sobre ella tiene la cuestión palestina:


a) La historiografía es un discurso teológico. La historiografía encuentra su genealogía en las filosofías de la historia las que, a la vez, perpetúan la dimensión cristiana del tiempo propia de la economía de la salvación.

b) La historiografía inviste de sacralidad a todo lo que toca. Atendiendo a su genealogía teológica, la historiografía convierte en sagrado, es decir, lo expropia de su uso común y profano, a todo lo que relata. En otras palabras, su relato convierte a hombres, animales y cosas, en piezas de museos. En otras palabras, la historiografía mata la vida, pues, como decía Nietzsche, no se ocupa de las “cosas rudas”.

c) La historia de palestina profana la historiografía. En la medida que la historia de palestina se identifica a la nakba, ésta excede y mancha la blanca superficie que cualquier historiografía quisiera trazar. Con ello, la historia de palestina profana la historiografía abriendo el campo acontecimental de la historicidad.

Situarse más allá de la historiografía es, situarse más allá del Estado y su gloria. Con ello, una solución “no-estatal” implica profanar a la misma historiografía, en lo que tiene de teológica y soberana. Palestina es un resto, una potencia que se abre más allá de todo territorio y que, a frente al candil del bulldozer israelí, ella proyecta la sombras de su historia.
Diciembre, 2009.

Ponencia pronunciada en el coloquio sobre Jerusalén III organizado por el Centro de Estudios Árabes de la Universidad de Chile, durante el mes de diciembre del año 2009.

* Rodrigo Karmy es Doctor (c) en filosofía de la Universidad de Chile.



Imagen: Tyseer Barakat.
 
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