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Edicion Nº 28
Noviembre 2009
 

El Orientalismo como dispositivo museo. Notas para una Profanación
Por Rodrigo Karmy Bolton*
“Lo que aquí reviste, a los ojos de los hombres, la forma fantasmagórica de una relación entre objetos materiales no es más que una relación social concreta establecida entre los mismos hombres.”
Karl Marx-Frederich Engels.


1.- Museificación[1].

Dirigida por el director Olivier Assayas, Las horas del verano constituye un film del todo singular. En él se desarrolla la historia de cómo tres hermanos deben hacerse cargo de una herencia, una vez fallecida su madre. Una enorme casa de campo así como la rica colección artística que había dejado su padre conforman dicha herencia. Los hermanos se reúnen para decidir qué hacer con todo ello, hasta que deciden vender la casa junto a una serie de objetos de la colección. En una de las escenas finales, uno de los hermanos va junto a su esposa al museo de arte contemporáneo y ve cómo la mesa que ellos usaban desde niños se exhibe como un objeto de contemplación: ¡esa es la mesa con la que comíamos con mamá! -exclama el personaje. Las horas de verano ya sólo son un recuerdo: la colección, la casa y sus objetos cotidianos están todos vendidos: todo lo que fue usado es ahora cambiado.

Quizás, el film de Assayas constituya un testimonio incomparable del modo propiamente “religioso” en que funciona el capitalismo. La palabra “religión” comporta aquí, un sentido preciso: designa el dispositivo de separación. Retomando la etimología propuesta por Émile Benveniste, según la cual, la palabra religio tendría un origen romano de carácter pre-cristiano cuya designación remitía a una “disposición subjetiva al escrúpulo” a través de la cual, al hombre le es exigido el “volver a leer”, Giorgio Agamben escribe: “Religio no es lo que une a los hombres y a los dioses, sino lo que vela para mantenerlos separados, distintos unos de otros.”[2] Religión, entonces, designa la operación de separación. Separación de los dioses y de los hombres, lo sagrado de lo profano. La sustracción de las cosas a su uso, la división de cada lugar o actividad humana, respecto de sí misma eso es lo que constituye la esencia de la religión.

Como se sabe, fue Walter Benjamin quien propuso que, el capitalismo es, estructuralmente, una religión. A diferencia de Weber para quien el capitalismo se funda a partir de una forma religiosa secularizada, el argumento benjaminiano establece tres características del mismo: en primer lugar, el capitalismo es una religión sólo de culto. Es decir, según Benjamin, el capitalismo se constituye como una religión que no tiene necesidad alguna de una teología específica. En segundo lugar, para Benjamin el capitalismo es una religión que consiste en la celebración de dicho culto de modo ininterrumpido. Los días festivos no detienen su celebración, sino que se integran a él de modo incondicionado (por ejemplo, véase la actual administración del mentado “tiempo de ocio” por parte de la industria global del entretenimiento). En tercer lugar, el culto capitalista es, quizás (...) el primer caso de culto no expiante, sino culpabilizante.”[3] –dice Benjamin. Así, a diferencia de los cultos de las religiones monoteístas tradicionales que habían instalado mecanismos para expiar y redimir al hombre de la culpa, la religión capitalista no expía sino que mantiene la circulación del capital sólo en la medida que perpetúa su vocación culpabilizante.

En estos términos, llevando al extremo la teología económica desplegada por el cristianismo, el capitalismo ha podido constituirse en una religión porque inviste cada cosa para separarla de su uso inscribiéndola en el horizonte de la equivalencia general. En este sentido, Agamben escribe: “Y como en la mercancía la separación es inherente a la forma misma del objeto que se escinde en valor de uso y valor de cambio y se transforma en un fetiche inaprensible, así ahora todo lo que es actuado, producido y vivido –incluso el cuerpo humano, incluso la sexualidad, incluso el lenguaje- son divididos de sí mismos y desplazados en una esfera separada que ya no define alguna división sustancial y en la cual cada uso se vuelve duraderamente imposible. Esta esfera es el consumo.”[4] De esta forma, lo decisivo de la religión capitalista –esa religión de la religión, la religión de todas las religiones- es que transforma al mundo en un objeto de cambio que constituye a la “esfera del consumo”. Sin embargo, la religión capitalista que no deja de celebrar cultos se expresa actualmente en la forma contemporánea del espectáculo, donde la forma mercancía es separada hasta convertirla en un objeto de contemplación. Este movimiento es, precisamente, el que define a la religión capitalista con una vocación propiamente museística: el mundo es consignado, pues, a su completa exhibición espectacular: “lo que aparece es bueno y lo bueno es lo que aparece” decía la fórmula con la cual en 1967 Guy Debord resumía el funcionamiento del espectáculo mediático como forma última del capital.

La museificación del mundo es ya un hecho consumado. Síntoma de ello es la figura del turista que, a diferencia del viajero europeo del siglo XIX, no viene a un lugar virgen e inexplorado, sino a recorrer un lugar ya escenificado por la industria turística mundial. El viajero antiguo tomaba notas en función de un afán científico, el turista moderno se ciñe a guías turísticas en un afán completamente consumista. El viajero antiguo abría nuevos mundos en razón de la explotación colonial, el turista moderno se cierra a un mundo absolutamente administrado por el espectáculo. En este proceso, se arma una complicidad entre los organismos estatales y supraestatales (ONU) para declarar a una región, a un pueblo o a una lengua en particular como “patrimonio cultural”. Así, se habla de “restaurar”, “recuperar”, “preservar” –todas palabras que parecen sintomatizar la culpabilización que aquí está en juego. En ello se adhieren sistemas específicos de seguridad, verdaderas “policías del pasado” que resguardan la correcta preservación del objeto en cuestión, mostrando la dimensión propiamente religiosa del capitalismo al separar cada cosa al modo de una mercancía para exhibirla en la forma pura de la contemplación, exactamente como ocurre hoy día con las vitrinas de los grandes centros comerciales.

2.- Orientalismo.

Una de las derivas de la museificación del mundo es quizás lo que el intelectual palestino-estadounidense Edward Said, denominó “Orientalismo”. Para Said, el orientalismo se ha concebido históricamente de tres maneras. En primer lugar, como una disciplina académica europea de carácter decimonónico. Así, los “orientalistas” serían todos aquellos que investigan sobre Oriente, sus lenguas, costumbres o historia.

En segundo lugar, el orientalismo es un “estilo de pensamiento” que define una diferencia “ontológica y epistemológica” entre Oriente y Occidente. Esto implica que, como estilo de pensamiento, el orientalismo habría estado presente en la misma razón europea occidental que distinguiría entre un Oriente no ilustrado y no sustancial subrogado a un Occidente ilustrado y eminentemente sustancial. Como tal, las filosofías de la historia habrían puesto a Occidente al final de la historia como la síntesis espiritual del progreso, el orden y la razón (Hegel, Weber y Comte serían los más prístinos representantes de esta perspectiva).

En tercer lugar, para Said, el orientalismo tendrá un “tercer significado” que remite a un “estilo occidental” a través del cual tiene lugar la explotación imperialista. En este sentido, en la perspectiva de Said, este “tercer significado” del orientalismo es, a la vez, el más importante. Porque, al modo de una dialéctica, parece contener a las dos definiciones anteriores en la medida que el orientalismo se concibe como una “institución colectiva” que atravesaría a diversas instituciones formalmente establecidas: las escuelas, los ejércitos, las universidades, el Estado, así como las diversas ideologías políticas (marxismo, liberalismo), se verían implicadas en la geopolítica orientalista.

Ahora bien, si al análisis que ha propuesto Said agregamos un cuarto significado del orientalismo que lo disponga como parte de la deriva moderna de la museificación, entonces el Oriente no sería una sustancia en particular, sino más bien, una producción museística de carácter espectacular, un objeto de exhibición en la gran tienda de los pueblos exóticos del mundo. En esta perspectiva, el orientalismo sería la forma en que se ha llevado a cabo la museificación de los pueblos árabes o, lo que es igual, el modo propiamente religioso en que el capitalismo mundial ha podido expandirse y dominar aquello que ha denominado “Oriente”. En este sentido, si el orientalismo constituye parte de la deriva moderna de la museificación, se podría decir que toda estrategia de dominación sobre Oriente fue, en primer lugar, una estrategia mediática que ponía en juego el dispositivo museo.

3.- Profanación.

La deriva post-histórica ha culminado en la contemplación museística desplegada en la forma del dispositivo espectacular global. Todo aquello capitalizable se ha sustraído a su uso y se ha vuelto objeto de contemplación. A diferencia del viajero del siglo XIX, el turista es aquél que tiene frente a sí un enorme y vasto lugar de contemplación. El turista no vive experiencias, las contempla. El turista está, por eso mismo, privado de hacer cualquier experiencia de lo común. En ello reside, el carácter propiamente exterminador del turista: clausura a los hombres de toda experiencia convirtiendo todo a su paso en objeto de contemplación museística. En este sentido, nuestra vida social está completamente museificada: preferimos contemplar a vivir, preferimos simular a experimentar. El efecto inmediato de ello es la de la clausura contemporánea del hombre a su propia vida. Su vivir aparece en la forma de la contemplación hasta el punto que él mismo se ha vuelto un turista respecto de su propia vida. En este sentido, podríamos decir que el turista constituye el paradigma de la devastación espectacular contemporánea. Es en el horizonte de dicho paradigma donde cobra sentido el que las guerras gubernamentales contemporáneas puedan ser transmitidas mediáticamente in vivo, en la medida que su efecto inmediato transforma a dicha catástrofe, en un objeto más del consumo espectacular-contemplativo.

Frente a la museificación del mundo, y siguiendo la vía de Marx y Benjamin, Agamben ha propuesto la estrategia de la profanación. Porque si la primera se vuelve parte de una estrategia de sacralización religiosa, la segunda se presenta como la restitución del mundo a la esfera del uso en común. En este sentido, Agamben distingue entre secularización y profanación: “La secularización es una forma de remoción que deja intacta las fuerzas, limitándose a desplazarlas de un lugar a otro. Así, la secularización política de conceptos teológicos (la trascendencia de Dios como paradigma del poder soberano) no hace otra cosa que trasladar la monarquía celeste en monarquía terrenal, pero deja intacto el poder. La profanación implica, en cambio, una neutralización de aquello que profana. Una vez profanado, lo que era indisponible y separado pierde su aura y es restituido al uso.”[5] Como indica la etimología de la palabra “secularización” proviene de la palabra latina saeculum que se traduce al español como siglo y que hace alusión a la adaptación epocal de las formas religiosas. Si se advierte bien, dicha adaptación implica una función propiamente metafórica en la medida que viene a sustituir una forma específica del poder por otra. Pero en dicha sustitución, sólo cambian las formas y no las economías con las cuales funciona el poder. En este sentido, la secularización implicaría una perpetuación del dispositivo religioso en nuevas formas históricas, pero en ningún caso su neutralización. En cambio, la profanación constituiría una operación que saca aquello que había sido investido como sagrado para restituirlo al uso común. La profanación no ve a los objetos en las vitrinas porque no soporta la separación que introduce el dispositivo religioso. Más bien, la profanación interrumpe violentamente la continuidad de lo religioso para volver a apropiarse del mundo en común. En este sentido, la profanación es insolente: frente a la separación, ésta une, frente a la división ésta restituye, frente a la contemplación, ésta actúa, frente al escrúpulo sagrado, ésta es negligentemente profana.

Que el orientalismo sea el despliegue geopolítico del dispositivo museo sobre los pueblos árabes, significa que quizás una profanación pueda neutralizar las nuevas formas de la dominación neo-colonial. Los pueblos árabes han tenido la experiencia de la profanación. La intifada que en árabe significa simplemente “revuelta” constituyó una acción política orientada a desactivar la separación religiosa introducida por las autoridades palestinas y por el Estado israelí. Por cierto, la intifada no es un movimiento “terrorista” es mas bien la negativa por parte de un pueblo a transformarse en un objeto de colección museística. Más allá de la excepcionalidad de los tiempos, de la estetización del mundo o de la ayuda humanitaria de los organismos internacionales, la intifada es el modo en que pueblo se resta y se abre a crear nuevas formas del vivir-juntos.
Octubre, 2009.

NOTAS

[1] Ponencia para la mesa sobre Orientalismo del primer encuentro de Asia y África organizado durante el mes de Octubre del año 2009 por la USACH, la PUC y el Centro de Estudios Árabes de la Universidad de Chile. Se ha publicado sin cambio alguno.

[2] Giorgio Agamben Elogio de la profanación p. 99.

[3] Walter Benjamin El capitalismo es una religión. www.hojaderutaorg.

[4] Giorgio Agamben op.cit. p. 107.

[5] Giorgio Agamben Profanaciones op.cit. p. 102.


* Rodrigo Karmy Bolton es Doctor (c) en Filosofía de la Universidad de Chile.
 
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