Es posible que una de las primeras críticas a la “ideología” se halle en el famoso texto de M. De Cervantes “El Quijote de la Mancha”. La ironía de Cervantes desenmascara la “seriedad” de los cuentos de caballería en la locura de Don Quijote de la Mancha que, excediendo cualquier principio de la realidad, se monta en su Rocinante como un caballero andante. Es posible que nuestro tiempo esté marcado por el triunfo incondicionado del quijotismo (identificación de la imagen con la realidad). Baste recordar la Guerra del Golfo en 1991 para dimensionar la pérdida absoluta del principio de realidad y la decisiva transformación de los otrora “medios de comunicación” en “espectáculo” mediático (es decir, de su “representación” pasiva, a su “producción” activa). Si el primero responde aún, a la “teología” del signo, el segundo la consuma en el “fetichismo” de la imagen. Si el primero se ancla en el dispositivo representacional, el segundo lo excede.
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Los medios de comunicación se comunican a sí mismos y, con ello, la “re-presentación” es sustituida por la “presentación” pura y simple de la imagen, con lo cual, el espectáculo ha vuelto anacrónico la otrora diferencia entre la ficción y la realidad (entre un interior y un exterior). |
Para G. Debord, intelectual francés que, en 1967 escribe “La sociedad del espectáculo” los medios de comunicación de masa han llegado al extremo de que “lo que aparece es bueno y es bueno porque aparece”. Así, la imagen como tal y sin mediar explicación alguna, aparece como “buena”. Por ello si, en el esquema representacional la imagen constituía un medio para el fin de “re-presentar” una ausencia, su consumación señala el punto en que ésta se ha vuelto un fin en sí misma: los medios son los fines. Podríamos, pues, parafrasear la pregunta que formulaba Benjamin cuando criticaba la “concepción burguesa” de la lengua: ¿qué comunican los “medios” de comunicación? Los medios de comunicación se comunican a sí mismos y, con ello, la “re-presentación” es sustituida por la “presentación” pura y simple de la imagen, con lo cual, el espectáculo ha vuelto anacrónico la otrora diferencia entre la ficción y la realidad (entre un interior y un exterior). Es por ello que la tesis debordiana de que el espectáculo no es sino una “relación social” conserva toda su actualidad: la imagen se ha convertido en la relación social por excelencia que, a diferencia de la concepción “mcluhiana” de la “aldea global” muestra cómo los hombres son escindidos unos de otros no obstante su virtual cercanía (el espectáculo, entonces, a diferencia de la “aldea global”, constituye un dispositivo que une y separa al mismo tiempo).
Acaso en contra de lo que pudiera pensarse, los intelectuales árabes contemporáneos han reflexionado a fondo respecto del problema de la imagen. Es el caso de E. Said con “Orientalismo” que, como se sabe, problematiza la violencia con la cual Occidente ha construido la imagen de Oriente o bien, el modo en que Oriente se ha vuelto decisivamente imagen . Utilizando estratégicamente el concepto gramsciano de “hegemonía” y el foucaultiano de “discurso”, Said deconstruye la historia del llamado “Orientalismo”. Este no sería una ingenua y aislada disciplina inventada por la modernidad europeo-occidental, sino mas bien, un dispositivo que permitiría a Occidente (resida éste en Francia, Inglaterra o en los EEUU) hegemonizar la región. Es precisamente a la luz del “Orientalismo” en cuanto relación de Occidente para con su “otro” que R. Esposito ha comentado: “(...) es verdad, por último, como bien ha argumentado Said, que el orientalismo ha constituido para Occidente el modo con el que deformar la imagen de Oriente, reproduciendo, de forma potenciada y contemporáneamente su propia imagen. Pero si ello es verdad –he aquí el último puerto en el cual tales autores parecen no atracar todavía- es necesario empujar el sentido de esta verdad a su salida ineludible: Oriente es inimaginable (...) no sólo porque cualquier apertura de Occidente a su exterior confirma en realidad su propia clausura. No sólo porque Occidente no quiere, ni sabe, ni puede encontrar al otro sin someterlo a su vez a su dominio (...) Sino más radicalmente, porque Oriente –como aquello que Occidente no es- no existe.” [1] Se advierte, pues, que la operación de Esposito lleva hasta el fondo la hipótesis de Said. Lo cual significa que, en definitiva, Oriente en cuanto tal, “no existe” o, lo que es lo mismo, Oriente es imagen.
Pero si Oriente se ha vuelto “imagen” es porque la forma contemporánea del Orientalismo denunciado por Said se despliega radicalmente como espectáculo, en el cual, la imagen se ha vuelto un fin en sí misma sin existir la otrora posibilidad de distinguir la imagen de la ficción. Así, el último ataque a Bagdad llevado a cabo por las fuerzas norteamericanas, transmitido en directo por la cadena CNN, podría perfectamente ser parte de una gran película de Hollywood que, si no fuera por la resistencia iraquí, habría terminado en la ya clásica “escatología” cristiano-norteamericana en que, una vez derrotado el “mal”, acontece la reconciliación final de la “humanidad” (¿una humanidad sin “mal” no es también aquella que ha hecho del mal algo lisa y llanamente “banal”?).
Si el Orientalismo denunciado por Said se despliega, en nuestro tiempo, en la forma del espectáculo, significa que éste no puede escindirse de su función estrictamente policial: como en el “ Far West” norteamericano el espectáculo produce e identifica “caras” allí donde el Capital global ve impedido su despliegue. Por ello, podríamos decir, el espectáculo es, ante todo, el Ojo del Capital en que operación policial y producción estética coinciden, pues, en un solo y nuevo poder. |
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De esta forma, si el Orientalismo denunciado por Said se despliega, en nuestro tiempo, en la forma del espectáculo, significa que éste no puede escindirse de su función estrictamente policial: como en el “ Far West” norteamericano el espectáculo produce e identifica “caras” allí donde el Capital global ve impedido su despliegue. Por ello, podríamos decir, el espectáculo es, ante todo, el Ojo del Capital en que operación policial y producción estética coinciden, pues, en un solo y nuevo poder. No un “cuarto poder” que se agregaría a los otrora tres poderes del Estado, sino un poder que envuelve a dichos tres poderes del Estado en uno solo. Ha sido G. Agamben, quien ha advertido la coincidencia en la constitución global de un “Estado espectacular integrado”: “ El Estado espectacular integrado (o democrático-espectacular) es el estadio extremo de la evolución de la forma Estado, hacia el que se precipitan apresuradamente monarquías y repúblicas, tiranías y democracias, regímenes racistas y regímenes progresistas. Este movimiento global –continúa Agamben- en el instante mismo en que parece devolver la vida a las identidades nacionales, alberga realmente en su seno la tendencia hacia la constitución de una suerte de Estado de policía-supranacional, en el que todas las normas del derecho internacional son tácitamente abrogadas una tras otra .” [2] Así, el “Estado espectacular integrado” sería, al mismo tiempo, un Estado de “policía supranacional” que, como se advierte, no obedecería al Estado-nación clásico (y sus fronteras territoriales definidas) sino más bien a la consumación en la forma “supranacional” del espectáculo mediático. Ahí, entonces la total coincidencia entre la emancipación de la imagen y la constitución de un Estado policial- supranacional que vigila el nuevo “orden público” en un solo Ojo irrigado en múltiples y pequeños dispositivos a nivel global (desde cámaras de seguridad en un paseo de cualquier ciudad del mundo, hasta las imágenes captadas por los satélites que orbitan la tierra).
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Será necesario advertir que, como señalaba Esposito, la diferencia Oriente-Occidente –sobre la cual la “teología política” hungtintoniana del “choque de civilizaciones” no ha dejado de hacer alarde- no es sino una diferencia “interna” al propio Occidente, en la medida que éste último tiene la experiencia del otro sólo en pro de su dominación absoluta que, en nuestro tiempo, se despliega en la forma del “Estado espectacular integrado” y donde el orientalismo no es sino una de las estrategias de dicha máquina. |
Por esta razón, será necesario advertir que, como señalaba Esposito, la diferencia Oriente-Occidente –sobre la cual la “teología política” hungtintoniana del “choque de civilizaciones” no ha dejado de hacer alarde- no es sino una diferencia “interna” al propio Occidente, en la medida que éste último tiene la experiencia del otro sólo en pro de su dominación absoluta que, en nuestro tiempo, se despliega en la forma del “Estado espectacular integrado” y donde el orientalismo no es sino una de las estrategias de dicha máquina. Por ello, la diferencia Oriente-Occidente sólo se vuelve posible “dentro” del dispositivo espectacular en la medida que Oriente se ha vuelto una “imagen”. Es dicho dispositivo el que sitúa el escenario, determina los personajes y, sobre todo, escribe el guión. Allí, entonces, el dispositivo espectacular constituye, pues, la relación que une la más plena inocencia del investigador “orientalista”, hasta los discursos e imágenes proliferadas por la CNN en la fase actual del dominio global.
Por esta razón, el espectáculo constituye la contracara de la guerra civil mundial hacia la cual, en nuestro tiempo, todos los pueblos de la tierra se ven arrastrados. Y si no comprendemos que el despliegue actual del orientalismo es parte de dicha estrategia, nos rendiremos ante la facticidad de la imagen y a la torpeza del pensamiento. En fin, nos rendiremos absolutamente.
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