Para los propósitos de este artículo, resulta útil distinguir entre dos grandes corrientes teóricas acerca de este concepto. Debemos aclarar que al exponer ambos enfoques, no abordaremos todas las implicancias de cada uno, sino sólo aquellos aspectos directamente relacionados con el propósito central de este artículo.
La primera corriente concibe la opinión pública en términos del debate racional entre ciudadanos informados e interesados en los asuntos públicos y su máximo exponente es Jurgen Habermas, que considera que este debate racional es esencial para la realización del ideal democrático por cuanto permite exponer los conflictos y superarlos mediante la generación de consensos, bajo el supuesto, además, de la existencia de gobiernos receptivos a poner en práctica las ideas consensuadas en tal debate.
La segunda corriente parte con una crítica a la idea de la racionalidad, crítica que se fundamenta en que la participación en el debate sólo alcanza a una minoría de ciudadanos informados e interesados en la discusión de los asuntos públicos, por lo que no sirve para explicar la influencia de la opinión pública sobre gobiernos y ciudadanos. A partir de dicha crítica, este enfoque cuya máxima representante es Elizabeth Nöelle Neumann, concibe la opinión pública como un control social que persigue garantizar un nivel suficiente de consenso social sobre ciertos principios y valores comunes. Las personas, grupos y gobiernos se someten a este control, por temor al aislamiento con que la opinión pública mayoritaria castiga la desviación. Desde este punto de vista, no importan la calidad, ni la lógica, ni la racionalidad de los argumentos, sino sólo la capacidad de presionar al otro y amenazarlo con el aislamiento y el rechazo.
Un notable ejemplo reciente de cómo opera la opinión pública en sus funciones de amenaza, presión y castigo es lo ocurrido con el historiador británico David Irving quien, en febrero de 2006, fue condenado a tres años de prisión en Austria , por el delito de negacionismo porque en su obra “Negando el Holocausto” demuestra a través de una metodología de investigación histórica impecable, que algunos hechos relacionados con el holocausto judío, instalados como verdades indiscutibles, no son tan ciertos (entre otros, refuta la cifra de 6 millones de muertos y pone en duda que Hitler haya dado la orden de llevar a los judíos a las cámaras de gas).
Un caso similar protagonizó hace algunos años el filósofo francés Roger Garaudy con su libro “Los mitos fundacionales de la política israelí” por el que fue condenado por antisemitismo, en circunstancias que Garuady se limitaba a formular una crítica fundamentada a la política israelí. En este caso, el sionismo logró imponer su verdad, basada en la relación indisoluble que ha logrado establecer entre judío-sionista-israelí. Consignemos, a manera de anécdota que Garuady habría corrido la misma suerte de Irving –es decir la cárcel- de no ser por la intervención de un monarca del Golfo que pagó la millonaria multa que le aplicó la “justicia”.
En ambos casos, la opinión pública como control social operó perfectamente de acuerdo a la teoría Nöelle Neumann: no hubo debate racional, ni intento de llegar a la verdad (el “consenso” de Habermas) a través de la argumentación lógica y documentada. Lo que hubo fue la imposición de una verdad oficial que se impone, no por la razón, sino por su capacidad de presionar y castigar.
En el caso del conflicto palestino israelí, asistimos a un intento de hacer funcionar el mismo modelo comunicacional e ideológico que se utilizó con el historiador británico y con el filósofo francés, es decir, llegar a tener una opinión pública que acepte una “verdad oficial”, aunque sea falsa y -una vez logrado aquello-, impedir el debate y amenazar con el aislamiento a todos los que osen cuestionar la verdad oficial impuesta por la fuerza de la presión “pública”.
Si se analiza el tono predominante de la información que, sobre el conflicto palestino israelí, se le provee al público en Occidente, da la impresión de que el problema principal es que los palestinos no aceptan la existencia del Estado de Israel y que se valen de métodos terroristas para querer expulsar a los judíos; ante esta hostilidad inexplicable, el gobierno de Israel, ejerciendo el derecho irrenunciable a defender a sus ciudadanos, combate a los terroristas palestinos. Como puede apreciarse, toda la información alusiva al conflicto, se analiza exclusivamente en torno al eje comunicacional “terrorismo palestino versus seguridad de Israel”.
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La selección de la información que se entrega, -destacando algunos hechos y ocultando otros- y la reiteración persistente del análisis de esos hechos en torno al eje “terrorismo-seguridad”, va generando sistemáticamente dos efectos: el primero es que se va olvidando, hasta hacer desaparecer completamente de la información al público, la verdadera causa de todo el conflicto –la ocupación militar de los territorios palestinos por cerca de 50 años- y el segundo es el bloqueo y el desprecio por cualquier análisis de la información que se realice en torno al eje “ocupación militar israelí versus independencia nacional palestina”. |
La selección de la información que se entrega, -destacando algunos hechos y ocultando otros- y la reiteración persistente del análisis de esos hechos en torno al eje “terrorismo-seguridad”, va generando sistemáticamente dos efectos: el primero es que se va olvidando, hasta hacer desaparecer completamente de la información al público, la verdadera causa de todo el conflicto –la ocupación militar de los territorios palestinos por cerca de 50 años- y el segundo es el bloqueo y el desprecio por cualquier análisis de la información que se realice en torno al eje “ocupación militar israelí versus independencia nacional palestina”. [1]
Mario Vargas Llosa ha escrito al respecto: “El norteamericano promedio probablemente desconoce que los bombardeos de los helicópteros israelíes contra las casas de reales o supuestos terroristas palestinos causan muchos muertos inocentes, y que la demolición sistemática de viviendas y la deportación de implicados en actos de violencia dejan en el desamparo —y a veces sepultadas bajo los escombros— a familias inermes e inocentes”.
La presencia casi exclusiva en los medios masivos de comunicación del eje “terrorismo palestino versus seguridad de Israel” intenta instalar en la mente del público la imagen de un conflicto entre dos estados, uno de los cuales ataca -sin ninguna causa- al otro, el que se limita a ejercer su derecho a defenderse.
Lamentablemente, el desarrollo reciente que han tenido otros conflictos en Medio Oriente contribuye a reforzar el predominio del eje comunicacional “terrorismo – seguridad”. La situación de Irak desde el derrocamiento de Saddam Hussein y la ocupación de su territorio por parte de Estados Unidos y los recientes acontecimientos del Líbano protagonizados por Hezbollah y que culminaron con la destrucción del sur del país por el ejército israelí, dan lugar para que la prensa occidental insista hasta la majadería en distorsionar la información, favoreciendo la presencia del eje “terrorismo –seguridad” como una constante.
Así, se observa un esfuerzo sistemático por instalar, en la mente del público, una relación estrecha entre árabes –fundamentalismo islámico – terrorismo. Al respecto, el intelectual francés Francois Burgat señala que no se puede confundir una postura política (la de Al Qaeda por ejemplo) con el Islam. En el catolicismo, tenemos desde la teología de la liberación al lefevrismo y ni la una ni la otra son el catolicismo, como Al Qaeda no es el Islam.
El resultado de las elecciones palestinas de enero de 2006 y la reacción de la llamada “comunidad internacional” son una muy buena ilustración del manejo comunicacional de esta trilogía.
Los gobiernos de Estados Unidos e Israel, a los que se sumaron posteriormente la mayoría de los europeos, se han empeñado en estrangular económicamente el nuevo gobierno palestino encabezado por Hamas con el propósito declarado de forzar su caída. Su nula preocupación por los desastrosos efectos de este estrangulamiento sobre la población civil palestina, sugiere la lógica de aplicar un merecido castigo a los palestinos por haber votado por un movimiento “extremista islámico”. De nuevo, se presenta un análisis centrado en el eje “terrorismo –seguridad”
Esto sugiere algunas reflexiones. En primer lugar, provoca verdadero asombro que en el Gobierno de Estados Unidos no se haya intentado un análisis serio de las razones que llevaron al pueblo palestino a votar mayoritariamente por Hamas. A días de la elección, Condoleeza Rice, junto con manifestar su estupor por el resultado de la misma, se preguntaba cómo fue posible que no lo previeran.
Con sólo un mínimo de sentido común, cualquier persona que conozca lo que significa la ocupación militar israelí para las condiciones de vida cotidiana del pueblo palestino, habría anticipado el resultado de la elección. Cuando las vejaciones, arbitrariedades, abusos y humillaciones se soportan diariamente durante décadas [2], cuando la potencia ocupante construye muros que usurpan tierra fértil, cuando el mundo le ha dado las espaldas al pueblo palestino, cuando, en fin, todos los caminos de solución hacia una vida más digna y más humana se ven cerrados, era absolutamente previsible que el electorado palestino se favoreciera una opción de cambio. Por lo demás, el comportamiento del electorado palestino no fue diferente al del electorado de cualquier otro país, enfrentado a una situación extrema. Como dice el intelectual español Agustín Velloso: “a los palestinos les ha fallado la ONU , les han fallado los gobiernos árabes y les ha fallado la izquierda mundial; ¿qué les queda?”
Si se analiza el discurso de los líderes de Hamas, se percibirá que ellos no hablan de religión, hablan de política, proponen fórmulas para resistir a la ocupación, para terminar con ella y lograr la independencia nacional del pueblo palestino. Pero, por supuesto, nada de esto se informa y se insiste en presentar a esos dirigentes como terroristas que encuentran en el Islam su fuente de inspiración para su fanatismo y su inclinación a la violencia. |
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Además, los palestinos no votaron por una versión fanática del extremismo islámico. Votaron por un programa político que les ofrecía la oportunidad, que se les ha negado por más de 50 años, de ser libres y tener la posibilidad de una vida decente. Si se analiza el discurso de los líderes de Hamas, se percibirá que ellos no hablan de religión, hablan de política, proponen fórmulas para resistir a la ocupación, para terminar con ella y lograr la independencia nacional del pueblo palestino. Pero, por supuesto, nada de esto se informa y se insiste en presentar a esos dirigentes como terroristas que encuentran en el Islam su fuente de inspiración para su fanatismo y su inclinación a la violencia.
De nuevo, notamos una ausencia total del eje “ocupación – resistencia” en el análisis dominante en los medios de comunicación.
Pero no se crea que este intento de monopolización por parte del eje “terrorismo –seguridad”, en desmedro de la verdadera causa del conflicto queda restringida al ámbito de los medios de comunicación masiva; también se está haciendo extensiva a la industria cultural. Dos ejemplos recientes ilustran esta afirmación: el primero es el esfuerzo desplegado por la maquinaria sionista en Estados Unidos por impedir la postulación al premio Oscar como mejor película extranjera de la película palestina “Paraíso Ahora”, con el argumento de que Palestina no es un Estado; el boicot no se limitó, por cierto, a bloquear la postulación al premio, ya que en muchos países se intentó impedir la exhibición de la película. En Chile, la cadena Cinemark ha exhibido las sinopsis y ha mostrado afiches publicitarios de dos películas palestinas (“Intervención Divina” y “Paraíso Ahora”) y de una italiana alusiva a la ocupación israelí (“Domicilio Privado”), pero no puso en cartelera ninguna de las tres.
El otro ejemplo de la extensión al ámbito de la industria cultural de estos esfuerzos por hacer desaparecer la realidad de la ocupación israelí del debate público, es lo ocurrido con la obra de teatro “My name is Rachel Corry”, basada en la historia de la estudiante estadounidense aplastada por un tanque israelí al oponerse a la demolición de la casa de una familia palestina. También en este caso, hubo intentos por impedir la presentación de la obra, por parte de las organizaciones sionistas de Estados Unidos. Los ejemplos del boicot a la postulación al Oscar y a la referida obra de teatro no son casos aislados, sino que forman parte de una política sistemática y permanente por hacer desaparecer cualquier expresión cultural que ponga de relieve el eje “ocupación – resistencia”.
Ahora bien, hay algunos indicios que hacen dudar de si esta operación tendiente a imponer una falsa verdad sin contrapeso para luego castigar con el aislamiento a los disidentes, está o no teniendo éxito. La obra en que Nöelle Neumann expone su teoría de la opinión pública como control social se denomina “La mayoría silenciosa”. El título se explica porque, según la autora, cuando se está en desacuerdo con la opinión mayoritaria, la mejor opción es no expresarlo y permanecer en silencio, ya que con ello, se evita el castigo que recae sobre los desviados.
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A pesar del abrumador predominio de la información favorable a Israel en los medios masivos, resulta notable que los resultados de encuestas de opinión efectuadas en diversos países europeos, indican que Israel es considerado más peligroso que Irán y que Corea para la paz mundial. |
Contrastemos esta formulación con datos de la realidad. A pesar del abrumador predominio de la información favorable a Israel en los medios masivos, resulta notable que los resultados de encuestas de opinión efectuadas en diversos países europeos, indican que Israel es considerado más peligroso que Irán y que Corea para la paz mundial. Recordemos que estos dos países, junto a Siria, forman el “eje del mal” contra el cual Bush encabeza una cruzada mundial. Frente a esta constatación, cabe preguntarse: ¿Estamos en presencia de la gestación de una mayoría silenciosa que se expresa en la masividad y el anonimato que garantizan las encuestas, pero que no se manifiesta en el debate público por temor a una supuesta mayoría que sin ser tal, tiene el poder de castigar y aislar? Es una pregunta abierta al futuro y que, tal como se ha puesto de moda decir por estos días, a raíz del fallecimiento de Augusto Pinochet, “la historia juzgará”.
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